LA GUERRERA VENGADORA: FERCHI

"Lo que pasa es que a ustedes les encanta que les endulcen el oído, por eso las engañan" dijo Gustavo levantando sabihondo la ceja mientras conversaba con Fernanda, la recepcionista de 25 en la oficina de uno de sus proveedores. "Yo por eso jamás digo algo que no siento" finalizó mientras arrugaba la nariz caminando hacia afuera.

La vida era simple, le disgustaban las complicaciones y los dramas que traían consigo las promesas y los futuros imaginarios que se tejían las mujeres. Él jamás prometió nada. nunca dijo algo que no sentía, y en ninguna parte de su cuerpo encontraba razones para volver a eso que tenía con D.  

Aquella noche de abril le dejó una sensación de tedio y desinterés que germinaba en una apatía simbionte estrangulando sus entrañas.  La mañana siguiente se levantó a las 7:45, como siempre y cumplió su rutina, como siempre. Un regaderazo rápido. Café negro y pan con mantequilla, el periódico gratuito del crucero, y la seguridad del taller y su ambiente retro. 

Cuando reaccionó ya era mediodía. Volvió al celular e ignoró la invitación a comer. En lugar de eso, y para sacarse el mal sabor de boca,  intercambió algunos mensajes de texto obscenos con Ferchi y se pusieron de acuerdo para ir al cine. 

Ferchi estaba muy interesada en él, era un hombre tan sincero, tan honesto, maduro, estable. Le encantaba conversar con él porque se salía del perfil de amigos veinteañeros que solo pensaban en fútbol, series y cerveza. Era tan distinto, interesante, mordaz, relajado y divertido, siempre  dispuesto a escucharla y por si fuera poco, el mejor amante del mundo mundial. 

Le fascinaba aquello de escaparse del trabajo sin que nadie lo notara para tener sus encuentros, ¿pero una invitación al cine?, eso era jugar en las ligas mayores y la hacía sentir ¡increeeeeeeee!

Le mensajeó a su hermana para pedirle prestada su blusa de satín rosado y sus sandalias de tiras. A Gustavo le gustaban las mujeres muy femeninas y ella no podía serlo enfundada en su camisa de fil-a-fil azul con el escudo de la empresa bordado en el pecho, los pantalones caqui de pinzas y el cabello levantado en un chongo. Decidió cambiarse en el depa de la hermana, puso de pretexto un cólico en el trabajo, y después de peinarse y maquillarse un poco, pasándose una toallita húmeda por aquí y por allá, estuvo lista para encontrarse con Gus en la explanada frente al cine. 

"Vete en Uber, yo te lo pago hermanita".

Lo esperó un rato bajo el cáustico sol de las 5:00 de la tarde, y después de siete canciones de su playlist favorito lo vio llegar en su camioneta retro. El corazón le brincaba del pecho, las piernas le temblaban y sintió que se le iba el aliento cuando vio la camioneta alejarse hacia la esquina. En el semáforo Tavo le hizo una seña por el retrovisor para que viniera, y antes de que el semáforo se pusiera en verde, y después de una carrera de 10 metros en tacones, logró a subirse. 

Ese camino ya lo conocía y así, sin hablar, sin cine y sin helado, la llevó al hotel de siempre. 

La  llamada urgente que atendió Gustavo en el baño de la habitación decepcionó a Ferchi, esa tarde  pintaba para ser LA velada, pero era una joven madura y sabía que los empresarios no tienen horarios. Con toda la fe puesta en esa primera cita, se convenció de que su paciencia sería compensada, y mientras esperaba la Ecovía, un mensaje de texto: "mañana en el cine a las 8:00".


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