LA GUERRERA VENGADORA: AL ABRAZO DEL SILENCIO
AL ABRAZO DEL SILENCIO
El abrazo matutino amodorrado y silencioso alargaba la intimidad de esa noche de vino y tapas. La calidez, el piel a piel, la luz atisbando en la ventana a las 6 de la mañana. Sí, en ese lugar querría despertar por siempre. Gustavo roncaba. Lo miró dormir un rato y casi en éxtasis se sintió afortunada de tenerlo ahí, tan cerquita, a pesar de lo que había pasado.
Sin hacer ruido se levantó de la cama y después de una ducha veloz y fría, salió a hacer una caminata.
Aunque tenía el don de olvidar pronto, la noche anterior daba vueltas en su cabeza. Ella estaba segura que había llegado el momento, que ambos estaban listos para dar el siguiente paso.
Gustavo era un hombre maduro, sin compromisos, gran enamorado de la vida en familia. Cada sábado, religiosamente, asistía con él a las reuniones familiares de cerveza y fútbol, jersey y tarro escarchado incluído. En el móvil llevaba una foto de su sobrino de meses como protector de pantalla y en esas largas caminatas y conversaciones compartidas siempre hablaba de él y de sus logros. A veces cancelaba alguna salida porque debía comprarle medicamentos o pañales, y siempre, pero siempre, le mostraba las fotos del día. Robie siempre fruncía el ceño cuando Diana le contaba del bebé, una vez le parecía lindo; dos veces, bueno, siente cariño por el chico, ¡pero todos los días¡ no-me-jodas-Diana-no-es-normal.
¿Y las noches de tinto y pelis en casa, las salidas al cine, las caminatas a la luz de la luna, las salidas furtivas de la oficina en horarios imposibles?, ¿todo eso qué?, ¿no significaba nada?
Cómo olvidar aquella vez que estando el Dr. Hinojosa en la oficina, Gussy llegó sin avisar para invitarle un café después de pasar a comprar de volada una pomada para las rozaduras y llevarla a casa del cuñado. Cuando pensaba que se había colado sin que nadie lo notara, el Dr. Hinojosa le llamó y ella levantando el móvil fingió una conversación con un cliente escurriéndose hasta el estacionamiento y huyendo como adolescente.
O aquella noche en que estando ella muy resfriada, Gussy llegó a su departamento con un litro de jugo de naranja, una botella de vino, quesos y una montaña de películas en VHS para ver en su reproductor retro.
¿Y aquel aniversario que decidieron festejar una noche antes porque caía en el clásico regio? Gustavo no se lo perdería por nada, y como era en casa del hermano, prefería no llevarla porque el ambiente no estaba a su nivel. ¡Era tan protector y amoroso!
Los recuerdos entrañables no paraban pero 50 minutos, 5 kilómetros, 10 minutos por kilómetro, las piernas dolían, el cansancio latigueaba, suficiente para volver con un par de cafés y bizcochos en caja.
El ánimo empezaba a decaer por el cansancio, la desvelada y el palmo de narices que le pesaba como 100 toneladas sobre los hombros, cuando escuchó esa voz encantadora que le respiraba sobre el cuello: "Siempre tan deportista Di, ¿Cómo estás? Raro verte aquí a esta hora". Era Lucho, el enamorado universitario, el que nunca se da por vencido, el que siempre vuelve, el que la trata con pinzas, el que se desvanece silencioso cuando ella está "ocupada" y aparece de la nada cuando no... cuando desocupada.
Sacó del bolsillo su sonrisa de buenos días, acomodó el cabello tras la oreja y con esa miraditaevasivadelado dijo "Sí verdad, ya sabes, un poco de aire fresco para despejar la mente", le vino un poco de ánimo al escuchar el "Te ves espectacular, como siempre, mándame un mensaje cuando estés libre y tomemos algo" y altivatímidamente dijo, sacando una mejor sonrisa "Cuenta con eso"
Un montón de preguntas volvieron a invadirla ¿Cuando me encuentre libre? Tres días libres para celebrar mi compromiso imaginario. Lucho. ¿Le escribo?. No. Gustavo. Aún duerme en mi casa. Pero no me dijo que sí. Pero tampoco que no. ¿Y la fidelidad?, ¿y nuestra historia?, ¿y el amor?, ¿y el futuro?, ¿y el qué dirán? Pero SÍ estoy libre, ¿no?. Los cafés estaban listos. Ella no. Se fue a casa con la imagen de Gustavo retozando entre los semáforos, el tráfico y los derrames ardientes de dos vasos de café, uno negro y uno rubio.
Entró a su casa sintiendo que las piernas luchaban por avanzar enmedio de un pantano. Gustavo ya no estaba, como tampoco una nota suya o algún mensaje al móvil. Se acurrucó en el sofá y calentándose las manos con el vaso, bebió lento su café, buscando que cada sorbo le regresara la vida de antes de ayer.
El efecto de la cafeína la extrajo del letargo, y decidió invitar a comer a Gustavo, después de todo ahí no había pasado nada. Se metió a la regadera, segura de que todo seguía igual, jeans, tacones, blusa de seda, blazer, llamada para acordar, y no, no contesta, una vez más, no, estará ocupado, le llamo de camino, no contesta, qué raro, bueno ya estando ahí que me alcance, no, nada, está bien, comeré sola.
Comió su ensalada deglutiendo en cada bocado su orgullo aderezado con la ansiedad de no saber qué carajos pasaba con el hombre o dónde diablos se había metido. Mucha sed y un vaso de agua y dos y tres no lograron diluir la ausencia y el silencio.
Se pasó por la librería, el museo y la tienda de baratijas, y con libro nuevo en mano y un montón de bisutería, caminó de regreso a casa. Le dieron las siete, las ocho y las nueve y el reloj como un atrapa sueños se quedó por un rato con sus miedos mientras el líquido de la novela era bebido por sus humedecidos ojos. Las once de la noche, sin mensajes ni llamadas. Hambre ausente, el hechizo del reloj que se esfuma y la mente que le vuelve a atosigar de preguntas, que calla con Netflix y el maratón de una serie que ni recuerda cómo empezó ni cómo acabó porque ahí, en el sillón, el sueño la atrapó por unas cuantas horas, ausentes los abrazos hasta el amanecer.


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