LA GUERRERA VENGADORA


LA ALCOBA SIN NOMBRE

Llevaba cinco días metida en la poltrona, enfundada en su pijama de franela, con el cabello levantado en un nudo y envuelta en una manta. La televisión murmuraba palabras incomprensibles y el cielo gris hacía atravesar el frío a través del ventanal.

Con los ojos hinchados y la mirada inexpresiva, se levantaba cada tanto para ir al baño o  prepararse una taza de té, coger alguna galleta o mordisquear una manzana, y regresaba en un par de minutos al cálido abrazo de su manta. 

No era la primera vez que terminaba una relación que le parecía que tenía futuro, pero sí era la primera vez que la terminaba por traición. Aunque no lo deseaba, su cabeza no dejaba de rumiar algunas frases que le perforaban el corazón, y en su mente adormilada, desfilaban las imágenes de lo que había  estado pasando sin que ella se enterara. Quería despertar de la pesadilla, pero no podía. Todo le parecía confuso y vergonzoso, así que prefirió atravesar el momento así, acurrucada y sola.

Verla hacía difícil comprender que era la misma mujer que meses atrás había recibido la gerencia de área montada en sus fabulosos Louboutin y con el cabello negro suelto sobre sus hombros.

Gustavo trabajaba en su taller. Tenía un proyecto nuevo al que le dedicaba todas las horas posibles los siete días de la semana. Se distraía escuchando radionovelas en estaciones que parecían haber atravesado  las barreras del tiempo y el espacio. Le gustaba mucho esa atmósfera con olor a polilla y nostalgia, y se perdía en ella resistiendo la velocidad de principios del siglo XXI. En esa nube informe fue que se extravió Diana, perdida en el encanto de la nostalgia creyó encontrarse en la relación de perfecto equilibrio entre su exceso de velocidad  y la apática parsimonia de él. 

Tenían una relación sin etiquetas que bordeaba los tres años. Se encontraban en algún sitio para tomar un café y platicar. Caminaban al atardecer en El Capitán y a veces salían juntos al cine. Diana vivía su novela de Corín Tellado. Gustavo habitaba en la alcoba sin letrero. Los unía un lazo inquebrantable.   

Cuando no estaban juntos eran personas muy distintas. 

No me lo creas a mí, mejor pregúntale a Diana de aquella ocasión en la que en medio de una junta corporativa donde se cuestionaba su desempeño y la existencia de su puesto, se levantó de golpe y sin quitarle la mirada de encima le dijo al director con voz seductoritaria "si este puesto no es necesario, bórralo de la lista, y entonces ocuparé tu silla", saliéndose sin más.  

Se rumoreaba que era protegida del dueño, por aquel día en que se encontraron a la entrada de la oficina y después de un "buenos días" de puro trámite, ella tropezó y se apoyó en su hombro para no caer. El doctor Hinojosa era conocido por no dejarse tocar, nunca saludaba de mano y mantenía una distancia considerable de las personas, así que tomado por sorpresa y visiblemente incómodo y sonrojado, balbuceó y se alejó con la mirada baja. ¡Ahí fue! Suficiente para soltar el kraken y asegurar que AHÍ había affair. 

A Diana le parecía muy ridículo y muy divertido, pero sabía que la ponía en una posición privilegiada, así que usó el fantasma del rumor con mucho colmillo y gracias a su descaro  se zafó de alguno que otro conflicto más o menos rudo. 

Yo no conocí a Gustavo, pero Robie, la mejor amiga de Diana, me platicó que no era ni guapo, ni ambicioso y que tenía cero interés en sobresalir, pero que tenía cierto atractivo, sangre liviana, pectorales de acero, brazos y piernas fuertes y una sonrisa muy linda. Que hacía conversación con casi cualquier persona, y que siempre tenía alguna ocurrencia para romper el hielo de ipso facto. Las secretarias de sus proveedores lo adoraban, y por lo que se supo, lo acechaban  en las redes sociales con comentarios subidos de tono o en doble sentido, lanzando sus redes para conseguir un "más allá que qué se yo". 

Mientras compartía la alcoba sin nombre con Diana, Gustavo mantenía el hábito de alimentar el ego de su séquito de mujeres e ir de vez en cuando con alguna de ellas a tomar un helado y al hotel. Tenía la conciencia limpia porque él siempre había sido muy claro: jamás había dicho palabra alguna que lo comprometiera con ninguna. Así es, dije ninguna.

Después de tres años, y un poco cansada de jugar a la amazona en el trabajo, Diana empezó a sentir esa leve picazón urgente de asentarse, vivir con su pareja, tener uno o quizá dos hijos, una casa en los suburbios y un pastor alemán. Después de todo, a los 38 ya es momento de soltar las anclas y ver qué aventuras nos ofrece la vida serena de casa. 

Una tarde de abril, como en la canción de Sabina, preparó una tabla de quesos, puso velas, encendió los difusores con su mezcla favorita de lavanda, patchouli y bergamota, enfrió una botella de la Veuve, se puso un vestidito de lentejuela dorada, tacón de aguja y todo el argüende y estuvo lista para recibir a Gustavo a las 9 en punto.

A las 9:45 llegó el hombre con una botella de Riunite, sus botas de casquillo  y su camisa de franela. Diana tomó el vino, lo puso en el refri, y al llegar a la sala, cuando él se disponía a encender la de 105 pulgadas, Alexa bloqueó el televisor, puso música soul y bajó las luces mientras Diana encendía las velas y movía la cadera al ritmo de Let´s get it on. Alexa toca The Gambler, interrumpió Gustavo y el ambiente se movió de seductor a campestre. Alexa, toca Hugging you, y en un intento por mantener la atmósfera y esperar el efecto del patchouli, Diana lo levantó y lo obligó a bailar. Él no entendía pero le pareció divertido el cuadro y se dejó llevar, bailaron, se bebieron el Riunite con un brie y pan de masa madre, y cuando llegaron a la fruta, Diana se sentó, ordenó a Alexa tocar el cannon de Pachelbel y poniéndole una uva en los labios disparó "¿nos casamos?"

Gustavo casi se atraganta y pálido, mudo, enfadado e incómodo, masticaba frases en su cabeza  "¿Casarme yo?, ¿Para qué?, Así estoy bien. Eso debería decirlo yo. No, eso debería sentirlo yo, y no lo siento. Yo nunca digo lo que no siento. ¿Qué mosca le picó a esta?  Ya me arruinó la noche, yo quería ver Better call Saul"

Mientras los pensamientos le ponían el rostro impávido, se dejó caer en el sillón y la arrastró junto a él y diciendo "Alexa, para", la abrazó, le ofreció una sonrisa giocondesca y encendió el televisor mientras la apretaba muy fuerte manteniéndola inmóvil, como si así la escena se detuviera en el tiempo y pudiera convencerse de que ahí no había pasado nada. 

Diana se dejó llevar por el abrazo, se acomodó junto a él y no volvió a abrir la boca en toda la noche. Se quitó los Louboutin y se acurrucó imaginando la mirada de reproche de la Veuve desde el fondo del refrigerador.

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