EL DUELO

 

Era una mañana fresca. La chimenea de la posada de doña Carmen de los Alfajores arrojaba un seductor aroma a pan de avena y banano. Sir Cunspecto limpiaba sus botas junto al pórtico; un par de minutos más y estaría dentro disfrutando del delicioso almuerzo acompañado de su fiel mastín, Pirulo. 

Sería un día para grabar en la memoria, habría de cabalgar por la campiña durante la mañana acompañado de su valiente escudero Sir Cirilo, y por la tarde, se batiría en duelo con el terrible y sanguinario Sir Lagar Tix. El clima era perfecto y sus botas recientemente lustradas, remataban el lujoso atuendo de duelo con su brillante capa carmesí y su cinturón de cuero negro con su brillante hebilla dorada en el centro. Los guantes del duelo reposaban impecables en la alforja que llevaba en la cintura, regalo de doña Celeste, la doncella de cabello rojizo con la que daba largos paseos en las empedradas calles del pueblo los días de verano junto a Pirulo.

Allende la campiña, Sir Lagar Tix esperaba ansioso el duelo, habían pasado casi dos años desde su último encuentro. En aquella infausta ocasión, Sir Cunspecto le había vencido vergonzosamente  llevándose con él una preciosa corona de plata, reliquia familiar perteneciente a uno de sus ancestros, joyero de la Corona Inglesa. Constituía el molde seleccionado por el mismísimo Enrique de Madagascar y Peñaranda para elaborar la Corona Real. Tan osada afrenta le había avergonzado tanto que se había auto exiliado de sus tierras cultivando un amargo deseo de venganza que hizo que el tiempo transcurriera más lento. Estaba dispuesto a recuperar la corona a como diera lugar y haría cualquier cosa, permitida o no, para tomar venganza.

Por su parte, Sir Cunspecto sabía que Sir Lagar venía a recuperar la valiosa joya y se había preparado meticulosamente en el uso de la espada y algunas artes mágicas secretas, herencia de familia. Sabía que Sir Lagar habría repasado mil veces en su mente la afrenta anterior y que los lances antiguos ya no le servirían de nada, por lo que la magia silenciosa de la mirada y otras cosas más, serían clave para sorprenderlo y vencerlo de nuevo. Saboreaba su triunfo imaginando a los juglares entonando odas gloriosas con su nombre y se relamía los labios pensando en el honor que sería para su familia tener entre sus riquezas dicha corona. 

Doña Carmen le sacó de su ensueño, "¿Un poco más de tizana buen caballero?"; "No doña Carmen, muchas gracias, quiero estar ligero en mi cabalgata. Hágame traer mi caballo, por favor, con Sir Cirilo". 

Sir Cirilo le esperaba afuera junto al caballo, cuya crin, perfectamente cepillada hacía lucir más su negrura. Sir Cunspecto atravesó la puerta con su habitual seriedad y saludando cariñoso a su caballo, se dispuso a montarlo.  Pirulo correteaba alrededor, a veces le sostenía el paso, y otras veces se perdía jugueteando por ahí con las palomas. 

Su escudero, Cirilo, lo seguía silencioso a trote, presto a atender cualquiera de sus órdenes. Vestía igualmente elegante, pero austero, como todo buen paje, excelso en las artes de la guerra, pero modesto y astuto. Sabía que de la cabalgata dependía que Sir Cunspecto llegara sosegado y ecuánime al duelo; así que guardó silencio y se dedicó a disfrutar del clima y el roce del viento en su rostro.

Una comida frugal que consistió en semillas, frutos secos, pan y queso, fue el preludio del duelo. Doña Celeste le envió un mensaje con su sirviente deseándole la mejor de las suertes y obsequiándole su pañuelo discretamente perfumado con aceite de lavanda. Lo guardó en su pecho, junto a su corazón y partió.

Sir Lagar Tix llegó temprano al campo de duelo. Quería mantenerse motivado y alimentando su furia, repasaba, como bien lo había previsto Sir Cunspecto, segundo a segundo la última afrenta, respiraba fuerte, su pecho se sentía explotar en llamas y daba lengüetazos saboreando la derrota de su contrincante. No contaba con que su sirviente se alejaría veloz debido a un malestar de estómago y se quedaría solo y sin armas para pelear. 

Corrió a buscar al herrero más cercano para conseguir alguna y mientras viajaba Sir Cunspecto llegó al lugar, estudió muy bien cada espacio, memorizó los desniveles del terreno y se sintió tranquilo sabiendo que estaba listo y puntual. No cedería a esta falta, así que decidió esperar, dando la oportunidad  a Sir Lagar Tix de ofrecer una explicación a tal agravio. 

Sir Lagar llegó corriendo, desorientado y más furioso que antes. seguro que su furia bastaría para amedrentar a su rival, quien impasible lo saludó con un ademán de su sombrero y le espetó "Caballero, ha sido larga la espera, y más larga habiéndose usted retrasado por una hora". Sir Lagar era feroz, pero no maleducado, así que contestó con fina voz "Mi valiente escudero ha caído enfermo y se ha llevado mis armas, he tenido que buscar al herrero del pueblo vecino para conseguir algo, pero ya estoy aquí caballero, dispuesto a limpiar mi honor y recuperar mi valiosa reliquia familiar, la corona de don Enrique"; Sir Cunspecto concluyó: "Entiendo los inconvenientes y asumo que está usted listo para inicar el duelo", "Más que listo caballero" y con una reverencia se saludaron y dieron inicio al combate.

No fue una lucha como todas, fue una lucha feroz, encarnizada y sangrienta, Sir Lagar Tix tomó la iniciativa con un ataque furtivo lanzando un hechizo contra Sir Cunspecto, quien quedó inmóvil frente a él, sin poder hacer nada y con la boca abierta, sus ojos desorbitados reclamaban tan injusto lance, pero ya era muy tarde. Sir Lagar lo atacó telepáticamente, sin moverse, y dando señales precisas obligó a su contrincante a recostarse en el suelo con la languidez del sueño. Sir Cunspecto, sintiéndose vencido, soltó por completo su cuerpo y fue entonces cuando recordó las preces y contrahechizos de su familia, y con un simple guiño de sus ojos deshizo el encantamiento, dio un giro en el suelo y blandió su espada poniéndose de pie de un brinco. 

Sir Lagar no esperaba esta acción y pronto sacó las terroríficas manoplas de acero dentadas, rápido se puso una en cada mano, para someterlo, lanzando terribles manotazos. 

Evadiendo uno a uno sus movimientos, Sir Cunspecto se balanceó a derecha e izquierda y en un giro sorprendente de su espalda, consiguió maniatarlo con sus propias armas, que le hicieron sangrar las manos. Sir Lagar se retorció, pero era flexible y fuerte, babeaba, y de un golpe se soltó estirándose hacia la alforja de su enemigo, haciendo caer así la preciada corona. Se arrastro hacia ella empuñando un cuchillo y dando lances desordenados para evitar el contraataque. 

Sir Cunspecto, que nunca perdía la calma, levantó su espada e indiferente,  lo desarmó de un sablazo, y haciendo saltar por los aires un gran dedo ensangrentado. Lo subyugó y con su espada apuntando directo al corazón, y su bien lustrada bota encima de su hombro derecho reclamó "Esa corona me pertenece, me la devuelves ahora, antes de que hunda mi espada en tu pecho".

Sir Lagartix, vencido, herido y desarmado, soltó la corona que rodó por los suelos hacia las manos de Sir Cirilo, quien la recogió y envolvió con rapidez colocándola en su propia alforja. Sir Cunspecto levantó entonces su espada, ayudó a Sir Lagar a levantarse y como dos buenos caballeros, refinados y educados, se despidieron con una reverencia, prometiéndose un nuevo encuentro.

Fue una batalla sublime, extravagante, jamás le habían dominado mentalmente, y tampoco había necesitado, hasta entonces, los trances y hechizos de sus ancestros. Aunque también pudo luchar cuerpo a cuerpo, como en las batallas reales, y con sudor y sangre, pudo defender su honor. 

Cabalgó gustoso viendo como el sol se escondía lentamente tras las colinas tiñendo de oro rojizo el horizonte. Se refugió en la posada de doña Carmen de los Alfajores, limpió sus heridas cuidadosamente y después de darse un buen baño, se encaminó a buscar a doña Celeste, para devolverle su pañuelo, y conversar. 

En el vestíbulo de la posada, Sir Cirilo limpiaba la corona de plata, relamida una que otra vez por Pirulo. 

Los juglares cantaron odas en su honor, se recitaron rimas, las doncellas soñaron con su gallardía y con un beso robado furtivamente en algún recinto. La leyenda de Sir Cunspecto se escribió y la corona aún hoy, reposa en un misterioso cofre hasta la eternidad, porque está guardada en una cueva que nunca nadie jamás conocerá.

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