HASTA AQUÍ LLEGUÉ

 

Coreografía de Sunny savoy, Foto: César Paez
Interpretando Vacío, de Sunny Savoy
Foto: César Paez

    No es que ya haya superado esta especie de adicción a las pantallitas, tengo mis altas y bajas, pero sí puedo decirte  que esto de ir por la vida sin estar permanentemente disponible a través de la tecnología es lo mío. Cuando empezó a dar vuelta en mi cabeza la idea de bajarle a las apps no sabía cómo expresarlo, pero había acciones que me delataban: las notificaciones de whatsapp mudas (aunque ver en la pantalla el ícono del globito parlante anunciando mensajes me arrastraba de nuevo a la pantalla), ¡a silenciar los grupos!; notificaciones de Facebook,  apagadas; y para qué te digo que no si sí, mi celular siempre  en modo silencioso, de manera que muchas veces no atiendo llamadas porque no las escucho.  No me malinterpretes, no me molesta recibir llamadas o mensajes, lo que me abruma es que irrumpen en cualquier momento del día, así estés enmedio de una conversación, en el baño, o viendo el partido de tu hijo, y como no soy tan capaz de ignorarlas, pues ¡a callar todos! 

Parecía estar en control, llevaba la fiesta en paz con el aparatito; el problema vino cuando decidí impulsar mi emprendimiento a través de las redes sociales y tomé un programa para aprender a hacerlo. 

Señoras y señores, la adicción tomó forma: abrí una cuenta más, ahora en Instagram y otra más, la Bussines Suite para mi página oficial; permanecía pendiente a la respuesta de los seguidores, a la red social nueva, a las publicaciones, a interactuar porque un post sin interacción no circula, y bueno, qué te digo, a recibir reconocimiento inmediato chidito: el post se movió "soy capaz, soy buena, lo logré, qué competente, soy la mejor"...el post no se movió "no sirvo, no les interesa, no encuentro la fórmula, necesito comentarios, pondré más emojis, es el algoritmo..." el algoritmo, ese demonio sin rostro de las redes.

Fue agotador. 

Después vino la crisis sanitaria, el momento "perfecto" para lucir en las plataformas digitales, pero algo no se sentía bien, mucha interacción pero poco fuá... ¿los demonios algorítmicos quizá?. 

El 2021 me encontró con la cabeza llena de cuestionamientos, será la edad, será la vida, será la vieja del otro día... A principios de año no me sentía cómoda en mi ropa, mi cuerpo ya no estaba fuerte ni flexible, estaba enojada, fastidiada y agotada y después de un último proyecto haciendo equipo con dos grandes amigas, tomé un respiro, bueno, varios de entonces acá. 

Las voces en mi cabeza (es literal, vivo en un eterno diálogo interno, aún dormida) me llevaron a la terapia, la terapia a responder mis propias preguntas y en un abrir y cerrar de ojos me encontré con la Jess del pasado que me dijo, "Jess del futuro, puedes parar".

Hice varias pausas, como cuando quieres terminar una carrera sin haber entrenado y en el último kilómetro ya no te alcanza la fuerza, ni las ganas, ni el coraje y das pasitos más lentos, más rápidos, paras y te apoyas en las rodillas, respiras, das otros pasos más, no puedes renunciar estando tan cerca del final. 

Llegó el verano, los libros volvieron a mis manos, y en "La bailarina de Auschwitz" de Edith Eger encontré la contención y el aplomo para seguir viendo hacia dentro. La de cosas turbias que me venía escondiendo de mí misma...ouchie.

Una cosa llevó a la otra, cambié mis hábitos y comencé a tomar decisiones... así fue como me encontré de nuevo conmigo y en este nuevo romance de mí conmigo, el celular me dejó... ¡Téeeeeeepeco!

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