VIRTUALIDAD DE MIÉRCOLES

Ayer asistí a una videoconferencia, la primera para mí con un equipo nuevo de trabajo. Se trataba de escucharnos y darnos ánimos, darnos la buena noticia de que nuestro proyecto sigue en pie e invitarnos a seguir en contacto con nuestras pequeñas comunidades de artistas. 

Para el minuto veinticinco yo ya me quería parar, unos se ponen optimistas, otros están apesadumbrados, algunos se mantienen a flote, a los de la cámara apagada no los puedo ver y a los que escucho, a veces lo hago a medias, porque la señal... 

No es la junta lo que me perturba, no es escuchar voces sin ver rostros, o ver rostros que se congelan y pantallas que se pixelean, es el fastidio de estar frente a una pantalla interactuando con imágenes y sonidos, de los cuales no puedo extraer la emoción. 

Virtualidad de mierda. No te la compro. 

Yo quiero conectar con las personas, con su energía, con el halo alrededor de sus cuerpos que vibra cuando se emocionan, que me hacen sentir su mirada, que me acarician con un pestañeo, que se alegran conmigo a través de su sonrisa, que despiertan mi empatía cuando algo los angustia y que en el impaciente gesto de sus manos, me dicen que hay algo más que no se puede decir con palabras.  

A mí regrésenme a las personas de carne y hueso, las que se sienten perturbadas, impacientes, optimistas, veleidosas, angustiadas, locas y aceleradas. 

No quieran convencerme de que este presente llegó para quedarse, porque prefiero mil veces aislarme en un bosque, hablando con los árboles, el río y las mariposas, en lugar de permanecer esclavizada a las pantallas, interactuando con hologramas que simulan ser las personas que  allá afuera confunden realidad con fantasía, en el vórtice mismo de este caos al que han decidido bautizar como pandemia. 

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