MIS DESPROPOSITOS PARA EL 2019


Siendo honesta, cada fin de año, me siento obligada a tener propósitos, pero no encuentro la manera de mantenerlos sostenidos sobre razones poderosas, a no ser por esta ferviente ola colectiva de esperar a que inicie un año para proceder a una transformación. Seriamente no comprendo esta idea de hacer de diciembre un tiempo de excesos e inconciencia para cerrarlo con un aparente arrepentimiento y un reinicio de todo...me parece sin sentido. No sé si sea por eso que no logro concretar en mi cabeza los propósitos, y menos de a uno por mes como si los procesos de la vida duraran de 28 a 31 días. Veo el facebook plagado de retos, cursos, talleres y seminarios enfocados en los reseteos, retos, detox y rediseños y la verdad es que siento el agobio invadirme de a poquito hasta que se apodera tanto de mi mente que lo único que deseo es meterme a la cama, taparme hasta arriba y no saber nada; siento como si mi falta de interés fuera pecado y me dejo llenar de culpa e insuficiencia, de tal modo que cuando llega el brindis de fin de año, no tengo idea de cómo llegué hasta ahí y tampoco tengo idea de qué manera seré un nuevo ser al día siguiente. Repito en mi cabeza un deseo por uva, y al minuto los olvido y me voy a la cama sin comprender cómo es que permanecí despierta hasta las tres o cuatro de la mañana, viendo una y otra vez el feed del feis o del insta cuando uno de mis propósitos era irme a dormir temprano cada noche y otro hacer uso del celular más para comunicarme  y menos para la distracción.

Despierto el día primero de enero y soy exactamente la misma persona, a veces más entusiasta, a veces menos, a veces triste, a veces depresiva, a veces consciente, a veces instalada en mi puro ego y mientras son peras o son manzanas me obligo a ser mi nueva yo aunque no sepa por dónde empezar a ser distinta.

Creo que este año me liberaré de la tarea de los propósitos de la mera hora, quiero ser libre, quiero sentirme ligera y dispuesta, flexible, capaz de surfear los mares como vengan y capaz también de permanecer serena, sin culpa ni ansiedad. Este año dejaré de ver videos virales que señalan a personas como yo en situaciones que comprometen su integridad, su juicio o su cordura; dejaré de sentirme mal porque no soy ambientalista, feminista, pro-LGBT, emprendedora exitosa,  pro-animales o vegana. Dejaré de investigar si hoy el aceite de coco es cuasi milagroso y mañana es veneno para el cuerpo, dejaré de inscribirme a cursos gratuitos que me prometen ser una nueva yo capaz de enfrentarme a la vida sin hacerme frente, dejaré de sentirme gorda o flaca porque la ropa me aprieta o se me cae, y aceptaré de una buena vez que así como soy estoy bien y que no necesito reinventarme para ser otra, me iré puliendo, iré limando mis asperezas, pero sin disgusto, las tallaré como quien esculpe una obra de arte, con amor y con paciencia y por si acaso, dejaré de escuchar las voces de adentro y las de afuera que me descalifican por ser una mujer en proceso de encontrarse a estas alturas, hormonal o sin hormonas, lánguida o voluntariosa.


Este año y los que vienen prefiero estar presente cuando me siento cansada y cuando me siento asustada, cuando no sé que hacer y cuando tengo claro cada paso que debo dar, cuando me encuentro en el llanto de mi hijo, o en su frustración o en su deseo de que las cosas sean distintas, porque así son, y nada las cambia más que mi manera de verlas. No sé cómo estaré presente, porque mi mente ansiosa prefiere crear escenarios posibles, trasladarse al pasado, hacer pronósticos, sacar conclusiones... Así que creo que andaré un camino nuevo, sin señalamientos, no sé si está pavimentado, pero de una vez por todas me iré con todo y miedo por ahí, porque sí, porque de caminar los caminos de otros esperando encontrarme a mí misma ya fue suficiente.

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