ES VIERNES Y MONTERREY LO SABE
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| Monterrey Foto: Maria Covarrubias |
El viernes por la tarde recorrí algunas
zonas del centro de la ciudad. Con el tráfico y el calor, lo usual es que entre
en impaciencia, pero no, yo estaba presente, observando como cuando observas
algo detrás del vidrio o una cámara fotográfica. La Calzada Madero polvosa y vieja,
está muy lejos de ser aquella Calzada de mi infancia, llena de luz y de
movimiento más despierto, más vivo, no se, como de televisión de aquellos
tiempos. Una construcción Decó, cubierta por el graffiti, la veo mientras el semáforo
me indica parar, mientras rápido pasan ante mí los años, el tiempo, la ignorancia y un instinto muy
elemental de supervivencia silvestre,
que le trajeron abandono, como si aquellos años de floreciente urbanización, fueran
una dimensión desconocida. El centro de la ciudad parece zona de postguerra, la
gente va de un lado a otro como zombies, arremolinada en los nuevos, pero
viejos, mercaditos de comercio justo, o en los comercios de prendas de “úsese y
tírese” a $50 la pieza. No se ven radiantes, las personas se ven fuera de sí,
como si su conciencia se hubiera ido y quedaran solo esos deseos impuestos de
obtener cosas que no parecen necesarias y alimentarse de comida en paquetes de
celofán multicolores. No sé, me parece que nos cayó el futuro sin darnos cuenta.
Luego recorrí los barrios de mi infancia,
las calles Fleteros, Gonzalitos e Insurgentes, avenidas conteniendo
automovilistas rabiosos e impacientes, iracundos, agresivos, todos buscando
entrar primero al complejo comercial. Más zombies “aprovechando” la oferta,
tocando claxón, aventándose en los autos como modernos carromatos romanos, en
una guerra por llegar a los comercios de ropa de “úsese y tírese” por $399 la
pieza, o al “3X2” o el imposiblenoaprovechar
13meses sin intereses.
No pude evitar recordar mi infancia, cuando recorría
incontables cuadras para llegar ahí, a ese entonces nuevo Centro Comercial, y
comprar algo que necesitaba de la papelería El Guerrero o para probarme zapatos en La
Idea Verde , (para inmediatamente después juntar
el dinero suficiente para comprarlos), ver los leotardos y las mallas para mis
clases de danza o simplemente disfrutar un helado de yogurt con mango y
granillo de chocolate. En aquellos tiempos mis papás no tenían miedo, si yo
necesitaba algo para la escuela o la tarea, pedía el dinero y salía caminando a
buscarlo, ya fuera hacia la colonia Chepevera o hasta Simón Bolívar y Leones,
no había limites. Caminar era normal, estaba bien, y desde los 5 años recorría
dos cuadras largas para ir por la barra de pan Bimbo al depósito de Don Pete. En
el camino me ladraba el Miclox, el perrito maltes color blanco de la señora
Abrego, quien cuando accidentalmente rompí la bolsa del pan por llevarla dando
vueltas no tardó en dar la queja a mi abuela, que me llevó de inmediato a
recogerlo, con la consabida llamada de atención por ir jugando con el pan. No
peleó con ella, no me defendió ante ella, me hizo ver mi error y me llevó a
levantar mi desastre, lo normal. Salíamos en bicicleta y patines mi hermano y
yo haciendo carreras al parque que quedaba a dos cuadras a la vuelta de mi
casa, y aunque es cierto que la mayoría del vecindario éramos familia, cada
familia tenía sus tiempos y sus aficiones, así que éramos solo mi hermano y yo
jugando hasta cansarnos en el parque. Al entrar a la secundaria era obligado
aprender a usar el camión de ruta, y ya nosotros elegíamos si queríamos camión
o preferíamos caminar para volver a casa, casi siempre preferimos caminar. Mi
hermano gustaba de explorar caminos nuevos y yo lo seguía, no tan de buena gana
porque a mi me gustaban los caminos conocidos. En mi infancia los
automovilistas no iban rabiosos, no había prisa por llegar a las ofertas, salvo
en épocas de Navidad que las luces de colores inundaban las calles de Madero, Constitución
y la calzada san Pedro, y los compradores se concentraban en Salinas y Rocha y
Sears y por supuesto la calle Morelos.
No sé, siento que algo pasó entre mi
infancia y mi edad adulta y nosotros, los niños que andábamos por la ciudad sin
miedo, de repente nos asustamos, y creímos que no tener auto, casa y ropa de
temporada no era bueno, y que al tener hijos debíamos quitarles las molestias
de caminar, de desear por mas de tres meses algún juguete o prenda, y de darles
una atención desmedida y apabullante acompañada de obediencia. Y en ese
transcurso, la ciudad vivió los embates de una guerra, el neoliberalismo, la voracidad
política, los bombardeos de compre de
todo y sea feliz, y el olvido por el disfrute de las cosas, y llegó después
de esa guerra este instinto atroz de sobrevivir en esa sintonía, en la del comprecomprecompre, comacomacoma,
comunicación inmediata de banalidades, difusión de mentiras disfrazadas de
verdades, y la relación de las personas confinada a una cárcel que tiene la
forma de un dispositivo electrónico que gobierna y dirige los destinos de
nuestras vidas y también las de nuestros hijos.
Esta tarde de viernes, me trajo la
presencia del miedo….
Cuando es que empezamos a temer?



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