Con el alma en la piel

Los hechos se dan en cascada, después de que un día, con el alma en la piel, entiendes que estás lista, sin más. Tienes un cómplice, y poco o nada piensas en la transformación que se viene para ambos,  y se embarcan, por razones comúnes, por sueños compartidos, porque es lo que sigue, por instinto, por un sinnúmero de sinrazones. El colapso inicia a partir de la gran colisión, óvulo y espermatozoide trenzados en una danza-fusión, trabajando en ser uno solo, por naturaleza, porque así  de simple es la vida.

Pasan unos días y tu cuerpo, siempre tibio y cadencioso, arropa en su vientre a un ser humano diminuto, amoroso y pleno, concreto. Las curvas se hacen más, la tibieza acalora y tu sonrisa tonta de enamorada, se ilumina dentro de una expresión indescriptible, poderosa, estás nutriendo a ese nuevo ser, tu cuerpo se encarga de darle todo lo que necesita para desarrollarse, misterioso y complejo, sabio, competente.

Día tras día, tu cuerpo de dulce y de leche, atesora ese secreto, hasta que de pronto decide darse a conocer, y brota sublime dentro de tu  vientre de luna llena. El orgullo crece y aunque a veces te carcoma el miedo, una voz en tu interior te susurra al oído, "estás hecha para esto". Es cuando las formas de tu cuerpo cobran sentido, y los cientos de canciones de cuna escuchadas al azar que brotan de la nada, mientras tus párpados pesan como piedras y te hunden en el sueño, el sueño agónico de la creación.

Pasarán más o menos cuarenta semanas y con el vaivén de las aguas tibias del útero, aprenderás a arropar, acunar, tranquilizar, nutrir, cargar, arullar, y mimar a tu bebé, por instinto, porque sí, porque tu cuerpo te dio el ejemplo y nadie le dijo cómo. Después no hará falta la cuna más equipada; los biberones de alta tecnología, ni el columpio que marea. Tus brazos serán su cuna; tu pecho su alimento anatómico perfecto y nutritivo y el latir de tu corazón el ritmo que le calmará en los momentos de inquietud e incertidumbre. Y aunque algunos de esos opinólogos que abundan insistan en que no es así, eres madre desde el día que concibes, porque tu cuerpo y tu alma se dedican con la minuciosidad de un relojero, a crear paso a paso, el cuerpo y el espíritu de tu hijo; porque desde tu portal de transición y trascendencia brotará a la vida.

Lo que hizo tu cuerpo en su interior, lo harás ahora con tu cuerpo al exterior, nutrir, arropar, mimar, arrullar, abrazar, acunar, y segundo a segundo, si así lo decides, serás testigo de las maravillas que hace el amor en ese pequeño y sabio ser, después de todo "estás hecha para eso".

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