El amor después del amor

Después de besar sapos y culebras, una va y se casa con el único hombre cuyas palabras, miradas y acciones le penetran  el alma de tal modo que no queda más opción que convertirse en una versión mejorada, corregida y pulidita del yo original, junto a ese ser que ha sido capaz de ver tu total resplandecer, incluso antes de que suceda. Así, le amas con los ojos bien abiertos, después de darte cuenta que cerrarlos no sirve de mucho; que el príncipe azul, se convierte en "a-zu-lado" y que aunque sea ideal para ti, la única manera de salir bien librada del compromiso, es no idealizarlo ni ponerte expectativas gigantescas sobre él y sobre la relación. Disfrutar el caminito, de subida o de bajada, parejo o lleno de peñascos y confiar en que amándote a ti misma tienes el camino más seguro para amarle. En ese lugar, en el matrimonio, te das cuenta de lo simple que es evitar la resistencia y dejarse llevar, la corriente es el amor; el mar picado son tus miedos y creencias, o sea,  la mochilita que trae inserto tu chip de fábrica.

Pero eso no se sabe al momento de casarse, no se sabe en los primeros meses de emoción y de sorpresas; se vive, se aprende, se siente a veces con un dejo de dolor y otras con una explosión de ilusión. Porque en el noviazgo las cosas son muy distintas, en apariencia mejores: tus conversaciones siempre parecen interesantes para el otro, y siempre o casi siempre hay réplica y admiración a tu inteligencia; duermes en tu casa, y antes de dormir, ya te pones una mascarilla, ya te preparas un té caliente o te pones la ropa más caliente en invierno, aunque parezcas sacada de una foto neoyorquina del eclecticismo callejero de la urbe; si no te quieres bañar, no te bañas; si te quieres desvelar, lo haces, leyendo una novela o escuchando música; pones incienso o difusores de aromaterapia y si quieres irte a la cama temprano, pues lo haces; eres admirada continuamente porque eres la mujer más sensual del mundo, la que permanece con la sonrisa en los labios porque le han dedicado una canción por semana y porque las conversaciones por teléfono o virtuales suelen ser interminables y cerrar con un dejo de deseo en el embeleso cachondo de las mieles combinadas de Bacovenus, -así le llamo yo a Cupido, porque te tiene caliente y borracho-.

En ese estado sublime de conciencia, decides que si estando separados sólo deseas estar a su lado, pues es el hombre indicado para ti, y hay razón en ello, no es que te equivoques, lo curioso y difícil de entender no está en haber elegido, porque de verdad, tu pareja saca lo mejor de ti; lo difícil de entender está en la transición a, digámosle, roomies; la cosa cambia, y mucho, las conversaciones se limitan, a veces, la interacción recibida son solo monosílabos; compartes cama, así que ni siquiera tienes la acogedora sábana de franela en invierno, porque el hombre casi siempre se muere de calor; mascarillas, cuando él no esté si no quieres escuchar frases como "aijuesú" o "ah chinga, qué le hiciste a mi vieja"; ¿ropa calientita y cómoda? se acabó, las críticas pueden o ser muy severas o de plano ser ignorada; y bueno, los elogios y las canciones ya no son constantes, porque "ya lo sabes" y porque, si comparten casa y cama, no podría ser por una razón distinta a aceptarse y conocerse en intimidad, con miedos, esperanzas, ilusiones y deseo. Claro, no todos los casos son iguales, pero son las quejas de la mayoría, lo que se escucha por ahí en los vestidores de los gimnasios o en los juevecitos margaritescos de las amigas regias.

Y antes de desviar con este dejo de sarcasmo el tema, conviene darse cuenta, que esto no se llama "ya no es lo mismo", se llama "la materia no se crea ni se destruye, se transforma" (lo dijo Lavoisier); el enamoramiento Bacovenusesco se transforma en una adaptación profunda y gratificante del otro; en conocerse a través del otro y en crear un mundo nuevo, totalmente distinto a los dos mundos anteriores del que cada quien ha formado parte; es complicidad, es moverse al unísono en un baile, que si se baila suelto, no te lleva a ningún lado; es soñar juntos y poner juntos cada una de las piedras que construyan el muro inquebrantable de su familia, la propia. Es aprender a negociar; buscarle tres pies al gato aunque tenga cuatro y dejarse llevar por el momento, sobre todo aquel en que el amor llega por oleadas y te impulsa a besar, acariciar y agradecer por ser parte de esta historia, que hoy se llama nosotros, y que no depende de una o dos copas de vino, ni de un compromiso de pareja de lejitos; es ver embelesados en el horizonte común, a esas criaturas a las que dieron vida después de explotar en amor y cariño fervorosos y sinceros, sí, también calenturientos. Así que si me dijeras que para qué amarrarse, si en libertad el amor sabe mejor, porque no es obligado; te diría que el hecho de legalizar una relación no significa amarrarse ni obligarse a algo que no se desea o que te tiene cautivo en una burbuja donde la inanidad amenaza; significa, que a pesar de que las leyes te obliguen y amenacen, no hay lugar mejor donde desees estar, que en esos brazos y bajo esa cálida mirada.

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