EN EL ESTACIONAMIENTO
Llegué, maniobré para acomodar el auto en un lugar seguro, lejos de los portazos y los autos estacionados en diagonal. Pisé el pedal de freno, presioné el botón de encendido y ya en silencio, respiré, bajé el ritmo, la guardia, ojalá el dichoso cortisol.
Fijé la mirada en el trajín de afuera, donde mi silencio no alcanzaba.
Y vi que todos corren, parece que necesitan ir con urgencia a algún lugar. Más no sé si la urgencia está en el ir o en el llegar.
Los que llegan, bajan de sus autos; los que salen suben a ellos; algunos otros se enfilan caminando apresurados sobre aceras de hollín, calor y polvo. Los que llegan toman por suyas las entradas, las atraviesan rápido, la mano en el móvil, el móvil mostrando fotos, chismes, noticias, mensajes, videos, música, listas y calculadoras, uno por uno o todo a la vez, a quien le importa, ¿no ves que también las pantallitas que parpadean sin césar, veleidosas y coquetas llevan prisa?
Los que salen atraviesan ensimismados el espacio, buscan su auto, lo abren, lo cargan con apremio, avientan por ahí el armatoste con ruedas en el que sacaron sus compras, como si con empujarlo simplemente desapareciera, o como si todo el tiempo hubiera sido un algo etérico que mientras no lo usas no existe. Por eso sé que tienen prisa, porque solo un desquehacerado empuja ese cosa con ruedas más de diez pasos a su propio parqueadero. Mientras ellos, ocupados e importantes, montados en sus modrenos rocinantes, asaltan con el acelerador el estacionamiento y después la calle.
Los de a pie salen con premura, se ven preocupados, parece que van tarde, que tendrían que haber llegado hace rato a los tacos, al edificio de enfrente, al trabajo, al gimnasio o al café, donde casi siempre hacen una fila que parece ir en cámara lenta, descafeinada.
Suspiro, abro la puerta del auto y antes de entrar en el fragor de la prisa repito en mi cabeza "sin correr, respira, un paso a la vez" y con mi propia voz suprimiendo el ruido de afuera, camino despacio, la mirada baja y el pensamiento puesto en contar los pasos hasta llegar a una mesa desde donde puedo mirar la avenida. Monstruo gigante de mil cuerdas que se tensan, se acortan, se alargan y distancian. Hydra que transporta hordas de automovilistas de ceños fruncidos, rodillas trabadas, hombros tensos, frente arrugada, boca apretada y gestos que dibujan palabritas, palabrotas, palabrejas, apresurados, impacientes y molestos.
Sí. Todos llevan prisa, y sigo sin entender si la prisa está en el ir o en el llegar, porque definitivamente, en el permanecer no es.



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