CON TODO EL MIEDO


Casi todas las madres criamos con mucho amor, y también con mucho miedo. Miedo a muchas cosas, miedo a no hacerlo bien, miedo a lastimar el corazón y el cuerpo de los hijos, miedo a no ser suficientes, miedo al peligro en las calles, miedo a las malas influencias, miedo a que sufran hambre, sueño, dolor físico, desamor. Miedo a que no alcance el dinero y miedo a que la pareja no provea, miedo a que no resulte, miedo a no poder solas, miedo a hacerlo solas aún estando en pareja, miedo a que nos venza el sueño y el hambre, a desarrollarnos profesionalmente, a no desarrollarnos profesionalmente, miedo a no formarlos bien, a que no triunfen, a que sufran, miedo a que tengan miedo.

Maternamos temerosas de no saber por dónde caminar y temerosas de que aún habiendo transitado el camino, en la segunda, tercera, cuarta vez, ya no sea lo mismo. Primerizas o experimentadas, despertamos pensando en ellos, en su salud, su sueño, sus relaciones, sus problemas, sus éxitos y sus tropiezos.  Cuando algo les duele, nos duele a nosotras, y cuando tienen miedo, buscamos en el acervo las palabras correctas para infundirles valor, aún con nuestro miedo bien adentro, sopesando la culpa y las ausencias. 

En la era de los hashtags y los carruseles, el miedo terminó por invadirnos por completo, ahora tenemos más información, más rótulos para nombrarlos y nombrarnos, ahora sabemos que la calle es una jungla y que debemos desconfiar hasta de los vecinos, que en la escuela también corren peligro que aunque les construyamos un castillo de cristal, siempre habrá algo o alguien que se atreva a destruirlo por capricho o porque sí. En las redes encontramos infinidad de filminas explicando cómo ser buena madre, de un infante, de un bebé, de un adolescente, y hasta de un adulto; encontramos recetas infalibles de cómo alimentar como expertas, cómo criar positivamente y cómo dialogar con nuestros hijos adolescentes, encontramos cómo debemos vestir para ser madres con estilo, y también encontramos consejos para calmar la mente y aprender a respirar. En esos carruseles eternos, donde el algoritmo decide castigarnos en un eterno purgatorio informativo, ahí es donde agazapadas entre tantos consejos terminamos por sentirnos fallidas y quizá también intrascendentes, y motivadas por las fotos perfectas, las sonrisas con filtro,  y los argumentos neuroventeros, nos inscribimos al curso, el diplomado, el taller y la lectura sobre crianza y maternidad; y mientras las palabras se filtran obscenas y abundantes en el infame torrente de ideas y carga mental rutinaria,  el señor agotamiento carcome sigiloso el cuerpo, la mente, la esencia y la intención, y con un ¿Mamá me llevas al parque? parpadeas y despiertas a la realidad, esa donde necesitas descansar, de todos, sí, pero sobre todo de ti y esa urgencia de ser mejor.

¿Y si transformamos el miedo en confianza? ¿Y si permitimos que el instinto nos guíe? ¿Y si apagamos un poco la necesidad de ser mejores y encendemos el deseo de escuchar y conversar y observar y oler y percibir y abrazar y de mirar a los ojos? Y si nos desconectamos de esa absurda idea de que "la única obligación que tienen los hijos es ir a la escuela y sacar buenas calificaciones" ¿Y si salimos de una vez por todas de la cabeza y nos asomamos a la vida llena de patios traseros pequeños, grandes, verdes, grises con hojitas colándose entre las grietas del cemento? ¿Y si  sentimos el sol unos minutos, y vemos los caracoles o las hormigas o las arañas y ponemos una semilla en un vasito con tierra solo para ver qué pasa? ¿Y si nos sentimos confiadas y serenas y nos olvidamos de tanta expectativa?

¿Y si libres de miedo nos entregamos a sentir perennemente esos instantes en los que el corazón palpita suavecito viendo sus rostros dormir y permitiendo que la tibieza inunde tu cuerpo mientras obstruye el crimen de tener miedo de ser madre solo porque los hijos vienen sin instructivo ni garantía?


Comentarios

  1. Me encantó tu reflexión.

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  2. También las madres en ese y en muchos otros roles que nos toca vivir ('como a todos'), venimos sin instructivos ni garantías y de ahí, los que se dieron cuenta, empezaron a capitalizarlos.
    Surgieron los miedos y también los consejos unidos a las cargas emocionales qué les acompañan..., ¡¡y también se capitalizan desde que el tiempo es tiempo!!
    Sigamos caminando...

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